Antonio Franco llegó de forma inesperada. Uno de nosotros tocaba el acordeón en la peatonal de Rosario cuando un hombre se le acercó y le dijo: “A usted le falta escuchar chamamé”. Le entregó una tarjeta y desapareció en la multitud. Una vez junto al río Antonio fue paseándonos con su acordeón por los diferentes ritmos de las regiones del litoral hasta llegar a su querido barrio San Miguel de Granadero Baigorria. Ahí estaba el hombre, con su acordeón, sobre la barranca, con el Paraná de fondo, las islas y los humedales.