Los viernes los miembros de la banda jugaban a la pelota en el Parque Independencia. Los integrantes de los equipos cambiaban cada semana, más o menos al ritmo con que cambian los músicos que tocan con el Zaza. No porque alguien se desamigue de lo eterno sino más bien porque lo eterno, según nos explicaron, tiene múltiples ramificaciones. Del parque fuimos a una casa en calle Cerrito. Había un patio con un naranjo, un mamón y algunas especies hortícolas dejadas crecer. Nos metimos en una piecita levantada al fondo, donde la banda se juntaba a ensayar.